BEIS Magazine
Inma Beneditto
There is something disturbing and painful in madness. There is madness in Art, and there is also madness in Science. But the way to approach it is very different depending on which eye you look at. If Science tries to enclose, rehabilitate and eradicate madness in man, considering it a disease, Art observes it, stripped of prejudices, and delves into its inherence to reveal the beauty of its condition. There is also beauty in madness.
Javier Viver (Madrid, 1971) explores the uniqueness of Art and Science in the madness of human nature. It also explores the relationship between the processes of madness and those of creation. His work, Archive of the unclassifiable, shows a selection of photographs of the Iconography of the Salpêtrière, one of the first photographic archives in the field of clinical psychiatry, captured in the Parisian Hospital of the Salpêtrière, more than a century ago.
The images constitute a museum of pathological poses, where the body, as an object of psychiatric study, becomes an artistic subject, the muse of madness. The gaze of the patients transmits a phlegmatic restlessness, and the visitor looks for himself in the wrinkles, in the gestures, the malformations, trying not to be found.
Archive of the unclassifiable, which was exhibited as part of PhotoEspaña in the Cámara Oscura gallery, in Madrid, between May 31 and July 28, can be
visited between September 21 and 23 at Unseen, the International Photography Fair of Amsterdam, curated by the Madrid gallery itself.
The exhibition, of a multidisciplinary nature, is composed of images of psychiatric patients obtained in La Salpêtrière between 1875 and 1918, plaster sculptures that simulate medical castings, and an album, Révelations, which collects all the selected images of the Iconography of the Salpêtrière. The album, which sold out a few months after the launch, won the National Award of the Ministry of Education, Culture and Sport for the best book of art in 2016 and the ArtsLibris Award. On this occasion, Viver puts on sale the copies that he still has of Révelations.
Viver establishes a consubstantial link between the archival and the artistic, between documentary and creation, inviting us to reflect on the role of the corporeal as an object of scientific study, but also an artistic one. His work also penetrates into the cavities through which madness goes, seeking its relationship with the processes of creation. Both circulate by approaches that move away from the rational.
From a field work with more than 4,000 photographs and 42 volumes published between 1875 and 1918, Viver compiles and publishes the iconography of the Parisian hospital. Many of these images are hidden in the exhibition, archived in a planer piece of furniture, an exhibition format that creates that sensation of a scientific project.
At the same time, it is striking to observe how the poses of the patients unconsciously enact historical patterns of Western painting, closely linked to religion. It is possible to find parallels with Spanish Baroque
art in the deformity of the hands, in realism, in the position of study of bodies, which evokes drowsiness, assumptions and crucifixions.
Viver ́s artistic project generates a myriad of contradictions in those who observe the exhibition. Archive of the unclassifiable has a vocation of scientific research, of archival classification, to the point of questioning where the border between the two disciplines is, the creative and the archival. Is that the inability to classify? In turn, the artist’s work recovers the philosophical question of the dissociation between body and mind and, of course, between madness and sanity.
Art, like Science, reveals to man his own madness and despair. But instead of curing him from illness, he places humanity before the mirror of madness, and finds the unspeakable truth of making man recognizable in it.
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BEIS MagazineCONTENIDO PRODUCIDO Y DIVULGADO POR LUR. RED DE INVESTIGACIÓN Y ESTUDIOS VISUALES.
Carmen Dalmau
Marzo, 2019
Révélations. Iconographie de la Salpêtrière. Paris 1875-1918 (2013) es su primer libro. En 2017, público Aurelia Inmortal y acaba de crear, su propia plataforma editorial, el Observatorio de lo visible.
La Salpêtrière fue un hospital para pobres y vagabundos, cárcel de prostitutas y casa de mujeres dementes. Sus muros encerraban los despojos de París, reedificados como panóptico, sobre una fábrica de pólvora.
(Madrid, España, 1960) es licenciada en Historia del arte e Historia moderna y contemporánea. Directora de Galería Cero, especializada en fotografía actual. Profesora de Historia del arte y estética en el Máster de fotografía EFTI. Comisaria independiente de exposiciones. Crítica de arte. Autora del blog de fotografía antevuestrosojos.
Jean-Martín Charcot (1825-1893) se hizo cargo desde mediados del XIX del ala de psiquiatría, junto con el laboratorio fotográfico y un taller de vaciados del natural, creando en 1882 la primera cátedra de Neurología.
Bajo los principios de la fisiognomía de Charles Le Brun, que sostenía que las pasiones son movimientos del alma que provocan acciones en el cuerpo, y en complicidad de fotógrafos -Paul Rêgnard y Londe- y médicos, se generó un archivo fotográfico de casos clínicos donde la enfermedad crea repulsión y fascinación.
Charcot fotografió a los pacientes para establecer un posible método diagnóstico en el que la fotografía permitía constatar una realidad, “registrar las cosas como las veo”, y al poner juntos unos cuerpos con otros, generar una serialidad, comparar los casos.
La fotografía se fue desarrollando en paralelo con la ciencia médica, forense y policial, debido a su pretendida capacidad de registro de la naturaleza con máxima exactitud. Al mismo tiempo, la descontextualización, los decorados, la exageración de las poses, distorsionaba la realidad.
Georges Didi-Huberman en su ensayo La invención de la Histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière (1982), afirma que en este proceso se produce una objetivación de los pacientes. Las sesiones de los martes y su soporte documental fotográfico crearon la iconografía de la enfermedad mental al servicio del dolor, para una elite científica y cultural.
Didi-Huberman sostiene que lo importante al hablar del significado de las imágenes es su valor de uso. Así, este alfabeto visible de los cuerpos, este espectáculo del dolor generado en la Salpêtriére, se puede resignificar mutando su uso.
Y este es el mecanismo que activa la nueva mirada de Javier Viver, posibilitando otra lectura iconográfica.
Las imágenes dotadas de una nueva serialidad, de un nuevo contexto, en Révélations adquieren un nuevo sentido.
Uno de los hallazgos de este libro es la multiplicidad de sustratos que se han depositado sabiamente en él. Planos, que a cada lector, según su horizonte de expectativas, se le irán desvelando o no.
La teatralización de la histeria, las malformaciones, los gestos para representar la tipología de la locura, creó una iconografía de la locura y los desheredados. Los cuerpos malheridos de esta galería de pobres monstruos e inocentes, se mimetiza con los gestos recogidos en el arte desde antiguo para mostrar el dolor, la piedad, la crucifixión, el éxtasis místico. Son estos gestos los que rescata el autor.
El libro nos permite una primera aproximación táctil. Su color, su densidad, su peso, el gramaje del papel, la cinta de registro granate, nos remite a un objeto antiguo, depositario de saberes oscuros, doliente, pero que parece sugerir que podemos mitigar con nuestras caricias el sufrimiento que desprende.
Se provoca curiosamente un camino inverso de un cuerpo cosificado a un cuerpo rescatado. La narración devuelve dignidad a los desposeídos.
La sobrecubierta ocre, en la que el cráneo, como si fuera el grabado de un planeta por descubrir en el que se marcaran los delirios como accidentes geográficos, o la tipografía del título evocan los saberes frenológicos y tratados médicos decimonónicos, es un desplegable que contiene por la otra cara, las interpretaciones del archivo de cuatro lectores. En las guardas unos ojos que todo lo ven. Los ojos de la cámara. El espejo que nos devuelve la mirada.
La alternancia de ligeros toques de color le presta levedad. Los tondos en los que se enmarcan las manos suplicantes y algunos retratos, como el del hombre que saca la lengua, relajan el aturdimiento que como lectores podemos sufrir ante el impacto de tanto desconsuelo.
Los cuerpos fragmentados como exvotos, establecen una narración donde las manos parecen bendecir, retener paciencia y sabiduría, los pies pudieran pertenecer a los Cristos de Mantegna o Caravaggio, los dorsos muestran los muñones que en otro tiempo fueron alas y los rostros con los ojos nublados los de la Capilla Cornaro. El dormir sereno, aún amarrados por camisas de fuerza, podría ser el sueño justo de los ilotas.